Imagina un mundo en el que la humanidad no solo ha sobrevivido a sus grandes retos, sino que ha aprendido a florecer junta. Donde la Interdependencia ya no es una elección: es casi una ley física.
Sobre ese suelo de confianza compartida, la Abundancia ha hecho lo que parecía imposible. La energía es prácticamente ilimitada —fusión nuclear, renovables— y la IA y la computación cuántica han multiplicado lo que podemos hacer con ella. Eso, sumado a una agenda de innovación ambiciosa, a políticas de oferta con visión de largo plazo y a un tejido de empresas con propósito, ha derrumbado el coste de casi todo lo que importa: la vivienda, la sanidad, la educación, los alimentos son tan accesibles que la escasez ha dejado de existir. La pobreza extrema ha quedado erradicada.
La productividad extraordinaria de una superinteligencia artificial diseñada con instintos maternales financia un ingreso básico universal. Una economía anclada a la abundancia real que creamos, no a la escasez que acumulamos. La desigualdad no ha desaparecido, pero ha dejado de determinar quién puede vivir con dignidad.
Porque la abundancia plena habrá liberado lo que más falta nos hace: tiempo y libertad para dedicarlos a quienes queremos y a perseguir nuestros sueños más ambiciosos con propósito. Y la humanidad habrá dejado de ser una especie de un solo planeta: no para escapar de la Tierra, sino para cuidarla mejor y llevar la consciencia más lejos.
Y habremos entendido algo sobre el sufrimiento. El sufrimiento es el rechazo de la realidad tal como es. El dolor ocurre —es parte de estar vivo—, pero el sufrimiento se añade: nace cuando el mundo de nuestras historias se niega a aceptar lo que de verdad está pasando. Esa forma de sufrimiento, la más universal y la más profunda, es al menos en parte entrenable. Quizá, en su forma más innecesaria, evitable.
La visión más audaz de Interabundia es ética: que algún día la humanidad sepa distinguir con claridad qué es real y qué es una historia que se ha contado a sí misma. Que cada persona aprenda a aceptar la realidad tal como es —no como resignación, sino como punto de partida para actuar sin la fricción del sufrimiento innecesario. El desarrollo de la consciencia habrá sido el primer paso para transformar el sufrimiento en vidas más felices y despertar el potencial de cada persona.
Más allá, en un horizonte lejano y difícil pero plausible, quizá podamos explorar si la consciencia subjetiva se conecta con algo más grande. Si existe una consciencia colectiva real que emerge cuando millones de mentes cooperan, crean y cuidan juntas. Y si esa consciencia, subjetiva y colectiva, puede viajar más allá de la Tierra y florecer en el universo.
Siempre habrá problemas: el «villano» que siempre vuelve son nuestras propias historias. Las necesitamos —son lo que nos permite coordinarnos entre millones, más allá de las fronteras—, pero también son nuestro mayor riesgo: cuando una historia deja de reconocerse como historia, deja de poder corregirse, y entonces nos devora.
Al menos la humanidad habrá aprendido a distinguirlo, a contar sus relatos como lo que son: ficciones útiles que nos permiten construir juntos y afrontar los retos que vengan, no verdades absolutas que nadie puede cuestionar.
El País de las Maravillas está a nuestro alcance. Dentro de cada héroe humano hay poderes reales que nos hacen mejores y más felices: las Singularidades no son ficción, son capacidades cultivables. Lo difícil no es creer en ellas: es creer que, juntos, podemos llegar tan lejos. Pero, al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta creer en una historia épica sobre el futuro de la humanidad?
Soñemos en Interabundia: otro mundo mejor es posible. Está a nuestro alcance si mantenemos los tres Pilares juntos: la Interdependencia, para cooperar y unir a la humanidad; la Abundancia, para soñar y construir lo que falta; y la Consciencia, para sentirnos, orientarnos y despertar todo nuestro potencial interior.
Ahora, todos a escena.
El País de las Maravillas no es un lugar al que se llega: es el camino que andamos juntos.